El viento del cerezo en flor… Hay momentos en los que simplemente hay que detenerse, abrir el abanico y dejar que la curiosidad nos lleve por caminos tranquilos. Esta pieza es un recordatorio de la belleza que reside en lo pequeño y en la capacidad de asombro que conservamos si nos permitimos mirar el mundo con ojos de niño.
Esta obra circular nos transporta a una atmósfera de calma y contemplación. El ratoncito, símbolo de la curiosidad y la alegría de vivir con tranquilidad, protagoniza la escena ataviado con un abanico que evoca la delicadeza del viento entre los cerezos en flor. La pieza captura ese estado de «desocupación» positiva, donde el interés por el entorno se manifiesta de forma inocente y genuina.
La composición juega con la armonía cromática y la circularidad para reforzar la idea de un ciclo de paz, alejándose de las estructuras rígidas y permitiendo que el personaje habite un espacio de serenidad absoluta.





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