La obra nos sumerge en una escena circense que sirve como metáfora de la lucha contra la tentación y el deseo. En el centro de la diana se encuentra Mariona (la cerdita), que personifica aquello que nos puede llevar a la perdición y contra lo que el individuo debe combatir. Piluca Larrata (alter ego de la artista) se retrata en un momento de autoafirmación, capturando un selfie mientras disfruta del espectáculo de su propia resistencia, proyectando una imagen de fortaleza hacia el exterior.
La ambigüedad narrativa es clave en esta pieza: no queda claro si los cuchillos son lanzados por Piluca o por el gato (el enemigo), quien acecha en la sombra. Sin embargo, la verdadera esencia de la obra reside en la equivocación fortuita y el karma. El «fallo» al lanzar los cuchillos —un evento inesperado— es lo que corta las cuerdas que sostienen la diana, precipitando a la tentación hacia un tanque de pirañas.
Esta resolución externa libera a Piluca de la carga moral: la caída de la tentación no es un acto deliberado de destrucción, sino una consecuencia indirecta de la equivocación. La obra reflexiona así sobre cómo la vida, a veces, soluciona nuestros conflictos internos de la manera más cruda sin que medie nuestra voluntad directa.





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